Discurso de Ursula K. LeGuin

¡Hola a todos! La primera entrada del blog siempre es un asunto difícil de discernir, y llevo varios días dándole vueltas a la cabeza sobre el tema. Hoy me ha aparecido en el salvaje Internet el discurso de Úrsula K. LeGuin al recoger el premio por la contribución a las letras americanas, en 2014. Me parece que no existe mejor manera para empezar un blog de literatura fantástica y de cifi.
LeGuin lanza una crítica al ansia de venta de algunas empresas y reivindica un beneficio justo para el escritor. Aunque como ella bien apunta, no estamos hablando de beneficio, sino de libertad.
Disfruten!
Gracias, Neil, y también a la organización que entrega esta hermosa recompensa; gracias de corazón. Mi familia, mi agente y mis editores ya saben que el hecho de que esté aquí es tan mérito suyo como mío, y que esta hermosa recompensa les pertenece tanto como a mí. Y me complace mucho aceptarla en su nombre y compartirla con todos los escritores que tanto tiempo llevan excluidos de la literatura: mis colegas autores de fantasía y ciencia ficción, los escritores de la imaginación que llevan cincuenta años viendo cómo estas hermosas recompensas eran para los llamados realistas.
Creo que llegan tiempos difíciles en los que buscaremos las voces de escritores que sepan ver alternativas a nuestro modo de vida actual, y que sepan ver, más allá de nuestra sociedad temerosa y sus obsesivas tecnologías, hacia otras formas de ser, e incluso imaginen bases sólidas para la esperanza. Necesitaremos escritores que sepan recordar la libertad. Poetas, visionarios, los realistas de una realidad más amplia. 
 
Ahora mismo, creo que necesitamos escritores que entiendan la diferencia entre producir un bien de mercado y practicar un arte. Desarrollar material escrito que encaje en estrategias comerciales para maximizar los beneficios corporativos e ingresos publicitarios no es del todo lo mismo que publicar libros con responsabilidad o ser un autor.
Sin embargo, veo cómo los departamentos comerciales ganan control sobre los editoriales; veo a mis propios editores sumidos en un pánico estúpido de ignorancia y avaricia, cobrando a las bibliotecas públicas por un e-book seis o siete veces lo que cobran a los clientes.
  
Acabamos de ver a un usurero intentar castigar a una editorial por desobediencia, y a escritores amenazados por la fatwa corporativa, y veo a muchos de nosotros, los productores que escribimos los libros, que creamos los libros, aceptarlo. Permitir que los mercaderes usureros nos vendan como desodorantes y nos digan qué publicar y qué escribir.
Los libros, como sabéis, no son solo mercancías.
El ansia de beneficio a menudo entra en conflicto con la creación artística. Vivimos en el capitalismo. Su poder parece inexorable. También lo parecía el derecho divino de los reyes. Todo poder humano puede resistirse y cambiarse por seres humanos. La resistencia y el cambio muchas veces empiezan con el arte, y muy a menudo con nuestro arte, el arte de las palabras.
 
He tenido una carrera buena y larga. En buena compañía. Y ahora, al final de ella, de verdad no quiero ver la literatura estadounidense traicionada y malvendida. Los que vivimos de escribir y publicar queremos, y deberíamos exigir, una parte justa de los beneficios. Pero el nombre de nuestra hermosa recompensa no es «beneficio». Su nombre es libertad.
Poco que añadir. Destaco en negrita las frases que más me han gustado.
Además, os dejo el discurso en versión original en este enlace. Y el video, por supuesto.
Thank you Neil, and to the givers of this beautiful reward, my thanks from the heart. My family, my agent, editors, know that my being here is their doing as well as mine, and that the beautiful reward is theirs as much as mine. And I rejoice at accepting it for, and sharing it with, all the writers who were excluded from literature for so long, my fellow authors of fantasy and science fiction—writers of the imagination, who for the last 50 years watched the beautiful rewards go to the so-called realists. I think hard times are coming when we will be wanting the voices of writers who can see alternatives to how we live now and can see through our fear-stricken society and its obsessive technologies to other ways of being, and even imagine some real grounds for hope. We will need writers who can remember freedom. Poets, visionaries—the realists of a larger reality. Right now, I think we need writers who know the difference between the production of a market commodity and the practice of an art. Developing written material to suit sales strategies in order to maximize corporate profit and advertising revenue is not quite the same thing as responsible book publishing or authorship. (Thank you, brave applauders.) Yet I see sales departments given control over editorial; I see my own publishers in a silly panic of ignorance and greed, charging public libraries for an ebook six or seven times more than they charge customers. We just saw a profiteer try to punish a publisher for disobedience and writers threatened by corporate fatwa, and I see a lot of us, the producers who write the books, and make the books, accepting this. Letting commodity profiteers sell us like deodorant, and tell us what to publish and what to write. (Well, I love you too, darling.) Books, you know, they’re not just commodities. The profit motive often is in conflict with the aims of art. We live in capitalism. Its power seems inescapable. So did the divine right of kings. Any human power can be resisted and changed by human beings. Resistance and change often begin in art, and very often in our art—the art of words. I have had a long career and a good one. In good company. Now here, at the end of it, I really don’t want to watch American literature get sold down the river. We who live by writing and publishing want—and should demand—our fair share of the proceeds. But the name of our beautiful reward is not profit. Its name is freedom.





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